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Pedro Aznar recordó su amistad con Juan Forn a traves de una historia en Mar de las Pampas

24-08-2021 El músico y cantante argentino, a traves de una nota publicada en Infobae, nos acerca a la intimidad del querido escritor que fue su amigo y que hace dos meses, para sorpresa de todos, dejó el mundo para siempre.

Conocí Mar de las Pampas en 2007 y descubrí lo que sería mi refugio creativo. El primer restaurante que me recomendaron fue Amorinda, y con los dueños, los Pittella, terminamos sintiéndonos familia. Flavia, profesora de literatura inglesa y traductora, se acercó un día a mi mesa y me dijo, pícaramente, “vos me ves así, llena de harina y amasando ñoquis, pero ese no es mi único interés”. Nos reímos y a partir de ahí nuestras charlas se hicieron cada vez más profundas y enriquecedoras. Construí mi casa de verano allí, que en realidad visito todo el año, y que me ha dado el marco justo para el espacio reflexivo. Flavia me habló de su amistad con Juan, que vivía hacía tiempo en la vecina localidad de Villa Gesell. Hasta que en 2021 me contó que él se había mudado a “Pampas”, como cariñosamente la llamamos los locales. Entusiasmado, le pedí que armara una cena para los tres en su restó, cualquier noche de enero, mes que pasé allí en su totalidad, aquel verano.

La mesa estaba armada en la glorieta, que había servido, pre-pandemia, exclusivamente para las comidas familiares. Flavia la había revitalizado con pintura, plantas, verjas de madera, un verdadero tributo a la Calabria de origen, y yo ayudé a pintar una pared azul. Juan llegó a horario. Cuando pedí vino él me confió que hacía veinte años había dejado de beber, por indicación médica, y se armó un pequeño cigarrillo. “Junto con el porro, son lo que mantiene la cosa divertida”, dijo a modo de guiño. Me habló de su vida en la costa y de su novia María. Yo le conté de mi reciente separación de Max. Sentí que, de alguna manera, le debía ese signo de madurez, después de haber sido un adolescente tardío cuyos poemas hablaban más fuerte y claramente sobre sus intereses eróticos de lo que podía admitir públicamente, y tal vez menos aún, a sí mismo (en aquel distante ‘92, Juan había tenido la certera elegancia de regalarme Confesiones de una máscara, de Mishima, autor al que yo había dedicado una de mis poesías). Me habló de su hija, y de la novia de su hija. Hablamos, inevitablemente, del virus y de la extraña realidad aislada que nos tocaba vivir. Al cierre se nos unió Flavia y la charla exigió otra botella y armar otros cigarros.

Semanas después empecé a estudiar con Sylvia Iparraguirre, a quien contacté osadamente, desoyendo la voz de la prudencia, y dando por descontada una segunda negativa. Cuando mi sombría predicción resultó felizmente equivocada, descubrí también que Sylvia y Juan eran amigos entrañables, desde la época en que un Forn de veinticuatro años estudiaba con el marido de ella, Abelardo Castillo. Sylvia lo llamaba, cariñosamente, “el pibito”.

El 12 de junio volví a la costa, por el fin de semana. Repetí el ritual de contactarlo. Quedamos en vernos al día siguiente, un domingo, a la hora del té. “Tengo dos libros para llevarte, elegí el que más te guste”, me dijo, generoso. Uno de ellos ya vivía en mi biblioteca. El otro me fascinó. Era un reporte de viaje, dos meses de gira con el pianista Glenn Gould, uno de mis músicos favoritos. En el subtítulo se citaba una frase del artista negando su excentricidad.

Le mostré mi casa. Le gustó la habitación de huéspedes de estilo japonés, y se murió de risa con la suite “Sandro”, ambientada con cortinados y veladores rojos, como resultado de bromear con que el deck que la rodea invita a salir con un Campari y una bata carmesí, al estilo del gitano. Cuando le mostré la cava, “el lugar más importante de la casa”, recordé pedirle disculpas por haberle sugerido que nos encontráramos con Sylvia a tomar unos whiskies. “¡Me olvidé que ya no bebés!”, le dije, e hizo un gesto de que no tenía importancia.

Mientras yo preparaba el té, me dijo que sentía que ya no era su época. No me esperaba un comentario así de alguien como él. Dijo que los jóvenes ya no compartían ciertos valores que para nuestra generación eran centrales, como el sentido de la trascendencia a través del arte, la responsabilidad de la continuación de un linaje y de dejar un legado, y un cierto, agudo sentido de la excelencia. Le contesté un poco defensivamente (ya que no quería sentir a mis espaldas esa sensación de caducidad) y sin completa convicción que hay valores perennes, y que en las nuevas generaciones hay de todo: gente que no se involucra a fondo con nada y jóvenes que aprovechan hasta la última gota esta época híperconectada. Que honran, a su manera, la línea de los que pasaron antes que ellos. “Iconoclastas hubo siempre”, dije con escuálida confianza. “Rimbaud, claro”, me tranquilizó él.

Salimos al deck de la cocina. El sol empezaba a dormirse tras los pinos. El aire fresco subía fragante a oír el último canto de los pájaros. Hablamos de las alegrías y los desafíos de vivir lejos de una gran ciudad.

La historia completa: https://www.infobae.com/cultura/2021/08/24/juan-forn-una-carcajada-de-tabaco/ 

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