Por: Dra. Cecilia Roma
Cuando daba clases en una escuela de la región, un estudiante de nivel secundario me comentaba que su mamá vive en Buenos Aires y su papá está todo el tiempo con su novia en otra ciudad. El adolescente de16 años vivía solo, el papá le hacía las compras y él se quedaba solo en el departamento, con toda la responsabilidad de su vida, de ir a la escuela, de estudiar, de alimentarse, dormir, etc.
Este fenómeno de tener más chicos solos en casa es un fenómeno que se fue profundizando con el tiempo, desde la dictadura militar. Este fenómeno se produjo porque se fueron debilitando los lazos familiares, extendiendo la responsabilidad del cuidado de los hijos a los propios hijos.
Esta situación se ve agravada también por la falta de instituciones intermedias tales como clubes, sociedades de fomento, guarderías de sindicatos, espacios barriales que antes funcionaban como soporte social para las madres y padres que trabajaban y trabajan todo el día, inclusive los fines de semana. La extensión del horario laboral, especialmente en temporada además de una cultura del miedo a perder el trabajo da como resultado un incremento de la problemática de menores que se autogestionan solos en sus casas durante muchas horas.
Es importante aclarar que la capacidad de estar solo, en el desarrollo infantil, está relacionado con la madurez emocional. Este desarrollo implica una primera etapa en la que estuvo presente la madre o un cuidador desarrollando la función materna como madre suficientemente buena. Este concepto, madre suficientemente buena, fue propuesto por el pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott en los años sesenta para referirse a aquella madre que responde de manera sensible y adaptativa a las necesidades de su hijo, permitiendo su desarrollo emocional y autonomía, sin necesidad de ser una madre perfecta. De este modo, la inmadurez del yo del niño se equilibra por el yo de la madre.
La capacidad de estar solo se construye, la autonomía es un proceso de continua gestación. Comienza con las primeras experiencias infantiles como ingreso al jardín, control de esfínteres y demás y luego entre los 8 y 10 años puede empezar a manifestar que no tiene inconvenientes en quedarse un rato solo, un rato, aclaremos que es un rato, no toda la tarde o todo el día. Por ejemplo, si la mamá tiene que ir a hacer alguna compra o buscar al hermanito al colegio u otras situaciones similares.
Durante esta construcción, el menor debe ir organizando categorías psíquicas que le posibilitan discriminar lo íntimo y lo privado del ámbito público.
Si un niño es dejado solo, bajo su propia responsabilidad, sin haber logrado desarrollar esta capacidad, la experiencia se transforma en sufrimiento y angustia. Los efectos consecuentes de quedarse solos a temprana edad pueden desencadenar desesperanza, depresiones con síntomas emocionales, somáticos, dificultades en el aprendizaje o intentos suicidas por el desamparo.
También encontramos aquellos menores que reaccionan con sobreadaptación, actúan como si no pasara nada. Esta sobreadaptación genera una conducta adultoforme en menores, es decir, están forzados a asumir responsabilidades de adultos a temprana edad, con el consiguiente costo psíquico que implica.
Lamentablemente es una problemática que queda silenciada y oculta puertas adentro. Por esto es fundamental que las escuelas y los centros de salud estén atentos y puedan brindar asistencia a los padres para identificar la mejor solución y al mismo tiempo, es fundamental que los padres pidan ayuda y busquen alternativas posibles.
Psicóloga
MP-048845 PBA
