Por: Dra. Cecilia Roma
Los trastornos del estado del ánimo se suelen sintetizar como diagnóstico de la depresión. Este trastorno, en los niños, es producto de un estado emocional distorsionado y resulta disfuncional para su vida. Suele caracterizarse por evidencia de baja autoestima, evitar vincularse con pares, disminución del rendimiento escolar y manifestarse cambios en el apetito o de peso.
Barlow y Durand (2003) han explicado que bebés de tres meses ya pueden manifestar características de depresión, al igual que niños de madres deprimidas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) un 3% de la población infantil padece de depresión.
La depresión es resultado de una confluencia de factores, tales como factores sociales, psicológicos y biológicos. Se agrava en los niños y adolescentes dado que estos presentan todavía inmadurez en la gestión emocional. Puede manifestarse de forma progresiva o espontánea.
A continuación, se contemplan algunos indicadores que pueden evidenciarse:
• Desórdenes emocionales. Destacando estados de tristeza y de ansiedad, además de fragilidad emocional y llanto fácil.
• Somatizaciones, dolores de cabeza y molestias estomacales.
• Manifiesta estar aburrido y sin interés por actividades que en otro momento disfrutaba.
• Puede presentar desórdenes en el apetito y en el sueño.
• Baja tolerancia a la frustración.
• Baja valoración de sí mismo.
• Disminución del rendimiento escolar.
• Dificultades en la atención y concentración.
• Se destaca un sesgo negativo en la percepción de los acontecimientos, personas y posibilidades personales.
• Irritabilidad.
• Se manifiestan conductas disruptivas.
• Deterioro en las relaciones sociales.
• Empobrecimiento de la interacción con el entorno.
El tratamiento conductual centrado en el aprendizaje de habilidades sociales o una combinación más amplia de técnicas cognitivo-conductuales ha demostrado ser eficaz. Estas intervenciones objetivan disminuir los pensamientos negativistas, mejorar las habilidades sociales y promover las actividades placenteras.
Lynn P. Rehm (1977) desarrolló un modelo de autocontrol de depresión basado en tres procesos incluidos en un bucle de retroalimentación de autocontrol: autocontrol, autoevaluación y auto refuerzo. Stark, Reynolds y Kaslow (1987) reelaboraron este modelo destinado a enseñar a los niños habilidades adaptativas para el autocontrol, la autoevaluación del desempeño (considerando buenos y malos resultados) y el auto refuerzo.
Es fundamental siempre alentar a los niños y adolescentes a partir de sus logros y ayudar a comprender que el error es parte del aprendizaje. De este modo se fortalece progresivamente la tolerancia a la frustración y al mismo tiempo refuerza su autoestima.
Dra. Cecilia Roma